EL CUENTO PERFECTO

“Qué queréis si aprendí a malvivir de cuentos, pintando autorretratos al

portador, si faltan emociones me las invento, la madrugada no tiene

corazón…”

Joaquín Sabina

Supongo que alguna vez habrán visto esos reportajes donde la actriz de turno, de moda digamos, comenta que siempre tuvo la vocación. Jugaba de chica a disfrazarse, a payasear. Bueno, para aquellos que acepten eso como realidad, les tengo una mala noticia. El 90% de los niños juega de esa manera. Y no todos, ni la gran minoría, llegan a ser actores.

No, la vocación es otra cosa.

Con los escritores pasa algo similar. No todos los niños que han escrito la mejor composición tema La Vaca llegarán a sentir pasión por la literatura.

Recuerdo que me gustaba jugar al TEATRO. Disfrazaba a mis primas de esposas, enfermas y Evas. Por supuesto que en mis obras la verdadera emoción consistía en desvestirlas. También escribía complicadas composiciones y le complicaba la vida a mis maestros utilizando ciertos temas, ciertos desplantes de pequeño renegado. Pero minga de vocación. En realidad quería ser abogado o astronauta o futbolista. Posiblemente mi verdadera vocación, por aquellos días, era la de PROVOCADOR. Posible y probablemente, es una de las especies, de las que se nutre la materia de la cual está hecho un escritor.

En los sixty, que es una forma elegante de decir 1960 en yanquilandia, año de LSD, sexo libre y rock esperranzado. El escritor Williams Burroughs definió al oficio de aplastar teclas, en uno de sus libros. Cuenta que iba con su esposa por Europa, intentando pasar por la frontera de cierto país, cuando los guardias fronterizos los detuvieron y les pidieron los papeles. Dice Burroughs que, cuando leyeron que su profesión u oficio era el de escritor, le pidieron que lo demuestre. Bueno, el tipo no tomó un papel y lápiz. Despertó a su esposa, que dormía en la parte trasera, le colocó una manzana sobre la cabeza, se puso un pañuelo sobre los ojos, y con una pistola intentó acertarle a la manzana. Falló. Mientras su esposa quedaba recostada contra el asiento, los ojos bien abiertos y la sangre chorreando por el agujero en su frente, los guardias se miraron entre ellos y lo dejaron seguir, murmurando: SI, ES ESCRITOR.

Bien, no necesariamente (niños no hagan esto en sus casas) deberán demostrar continuamente a qué se dedican. No necesariamente deberán tener un revolver y una manzana, siempre a mano. Mucho menos una esposa. Por supuesto recuerdan la introducción de JOHN MAC DONALD a los escritos de STEPHEN KING. Se los voy a recordar. Cuenta Mac Donald que en las fiestas suele pasar que alguien se le acerque y con una sonrisa enorme y un fuerte apretón de mano, le diga YO SIEMPRE QUISE ESCRIBIR. A lo cual él suele responder, con la misma sonrisa del otro, Y YO SIEMPRE QUISE SER NEUROCIRUJANO.

De ironía, pasión y dudas se hace, además, un escritor. No existen fórmulas mágicas, ni pociones químicas. Puede que no se nazca con la vocación. Pero suele existir un momento en el cual se contagien el virus de la palabra escrita. La enfermedad de comenzar a escribir todo aquello que esté en blanco. Me han sacado a patadas de muchas fiestas por escribir sobre las tortas de crema. He perdido muchos amores por escribir las nalgas de quien estaba a mi lado. Me he quedado con pocos amigos, son los que, gracias a Dios, no tenían la mente en blanco.

Es jodidamente hermoso el camino escritural. Puede llevarlos a laberintos sin salida, donde acechan los Minotauros de la desesperanza. A jardines japoneses donde los senderos se entrecruzan y los carteles, claro, están en japonés. Pero sólo aquellos que realmente sientan pasión por la littleraturra continuaran adelante. Jugando, pero en serio. Algunos, continúan escribiendo porque buscan el cuento perfecto. Aún a sabiendas de que no existe. Sólo su búsqueda.

Con respecto a ciertas búsquedas y algunas certezas basadas en la duda (interrogar/se acerca de qué están hechos los cuentos), voy a contarles una anécdota.

La historia comienza en 1949. En los pueblitos de la Guajira colombiana. Allí, en Villedupar, se encontraba un joven con muchas ganas de convertirse en escritor. Había dejado su carrera de promesas periodísticas para dedicarse, no de lleno a escribir, no a deambular por las editoriales queriendo vender su material, sino a vender libros técnicos. Técnica quirúrgica, tratados de derecho, ingeniería en puentes, enciclopedias ilustradas, etc. Su nombre: Gabriel García Márquez. La pasión lo agitaba por dentro, pero su necesidad del momento era vender libros. Se afincó en un hotel frente a la plaza mayor del pueblo, regenteado por don Víctor Cohen un personaje de la época. Se decía que don Víctor era capaz de, en un mismo día, domar tres potros y quince mujeres, sin despeinarse. La prueba de ello era la cantidad de hijos extramatrimoniales de Cohen. Dicen que venían de pueblos muy alejados y, algunos, de la capital. Don Víctor los recibía sin problemas y, en casi todos los casos, les conseguía trabajo y vivienda. Bien, allí estaba Gabo. Sin dinero, con la sola compañía de su soledad y algunos libros de cuentos para leer. Le sobraba el tiempo. Y, en realidad, estaba allí para conocer la región. Hacerla suya en sus escritos. Casi todos los cuentos y novelas de él suceden en esa zona. En esos días le gustaba leer cuentos policiales. Así fue que se encontraba en el hotel la noche que Noé comenzó los preparativos para la excursión que lo lanzó a la fama. Los relámpagos iluminaban la plaza como si estuviera en llamas. Entre el retumbar de los truenos escuchaba jadeos provenientes de la habitación vecina. Sonrió. El amor es un buen paraguas nocturno. Se mojó la cara con agua helada y comenzó a leer uno de los cuentos.

Se trataba de dos policías persiguiendo a un hombre por todo París. El agua golpeaba los ventanales, pequeños puños desesperados. No sintió el encarnizamiento de los perseguidores, sino la angustia del perseguido. Esa noche, en esa habitación, mientras el cielo se derramaba sobre el mundo, sintió haber leído el cuento perfecto. Miró por la ventana. Imaginó una inundación que arrastraba un galeón hacia la selva. Hizo algunos apuntes en su cuaderno de notas y se fue a dormir. Por supuesto que no había nacido para ser vendedor. Algunos días después, enfrentaba a don Cohen comentándole que no podía pagarle, pero estaba dispuesto a firmar un pagaré y dejarle su catálogo completo, más algunos libros de cuentos, toda su posesión. Firmó un pagaré por novecientos pesos colombianos y se fue.

En 1955 se encontraba en París. Pleno otoño. La brisa fría que venía desde el Sena, lo acompañaba. En uno de los puentes se cruzó con un hombre, mal vestido, sin afeitar, que lo miró de una forma rara. Continuó su camino y se metió en un barcito, para tomar algo caliente. Algunos minutos después vio entrar al mismo hombre que se había cruzado en el puente. El corazón se le detuvo por unos instantes. El hombre se sentó en una mesita cerca de él. Y lo miraba. En ese momento recordó el cuento que había leído en Villedupar. Se sintió como debió sentirse aquel hombre perseguido por los policías. Claro, que el caso fue diferente. Al rato entró una mujer y se sentó con el hombre. Gabo se retiró del bar y no volvió a verlo. Pero se hizo el propósito de volver a conseguir aquel cuento. Sabía, con seguridad, que lo había dejado en el hotel de Cohen. Que era de tapas grises y letra grande. Debía ser de Editorial Rueda de Argentina. Casi todos los libros de aquella época, en Colombia, venían de allí. Seguramente se trataría de alguna antología realizada por Borges y Bioy. No recordaba el título, tampoco al autor. Tenía sus dudas con respecto al mismo. Creía que podía ser Geoges Simenón, pero descartaba la posibilidad pensando en que nunca lo había conformado este escritor. Averiguó en algunas editoriales, con amigos argentinos y varios escritores. Nadie conocía el cuento. Pasaron diez años. Una tarde, leyendo otro cuento policial, tuvo una revelación. El autor debía ser sin duda Simenón. Ahora sí, lo sabía. Tenía que ser él. Buscó en catálogos, en bibliotecas. Revolvió las bibliotecas de sus amigos. Por aquel entonces se había hecho fama de molesto.

Imaginen:

Anoche estuvo Gabriel en casa. No lo vuelvo a invitar. Me revolvió la biblioteca, no dejó un libro sin mirar.

¿Está raro, no? Lo invité a tomar algo en casa y me preguntó si tenía libros de Simenón, como le dije que no, no quiso venir…

En 1970 en Ginebra, va con algunos amigos a un restaurante. Se sientan en una mesa y el mozo les pide que la cambien. Justamente, esa mesa, estaba reservada para un conocido escritor. Los amigos de Gabo intentaron explicarle al mozo que, precisamente, ese debía ser él. No hubo forma. Un rato después, desde otra mesa, vieron que el escritor era Geoges Simenón. García Márquez no pudo comer. Se pasó toda la velada pensando en preguntarle por el cuento aquel. No se animó.

Trece años después, lo invitan al Festival de la Música en Villedupar (Algo así como el Festival de Jineteadas de Sarmiento, en Chubut, donde volví a leer a Galeano bajo otra luz, donde vivía mi mejor amigo y la música está hasta en las piedras de las calles). Después del Festival, en casa de unos amigos, en medio de una improvisada fiesta, llega con sus impecables 93 años don Víctor Cohen. Se abrazaron como viejos amigos. Y le regaló don Víctor un papel amarillento, el pagaré por 900 pesos colombianos. Claro que Gabo le preguntó por los libros. Cuando acabó la fiesta fueron hasta lo que había sido el hotel. Lo primero que notó fue un viejo cartón de colores vivos, ya en agonía, plastificado, donde la letra despareja de don Víctor comentaba AQUÍ DURMIÓ DON GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, MI AMIGO, Y DEJÓ DEBIENDO $900.-

Buscó en la biblioteca de Cohen y sólo encontró algunos de los libros técnicos y dos de cuentos policiales. En ninguno estaba el cuento que buscaba.

Algunos meses después se encontraba en Managua. Una noche de tormenta tropical. Varias botellas de vino vacías sobre la mesa eran mudas testigos de la charla que mantenían con Julio Cortázar. Hablaban de cuentos policiales. Hasta inventaron cierta ficción de la ficción con respecto a leyendas universales y fantasmas que vuelven por venganza o por costumbre, en inciertas noches de lluvia. En un momento dado Gabo comenzó a contar el cuento que había estado buscando. No lo dejó terminar Cortázar y le dijo el título: “L’Homme dans la rue”. Y, efectivamente, su autor era George Simenón. Digamos que la excitación, el buen alcohol, la charla con Julio. Lo cierto es que Gabo sólo anotó el título y su autor. Olvidó anotar el nombre del libro donde se encontraba dicho cuento, y la editorial. Tuvo que viajar Gabo por asuntos contractuales, unos meses después fallece Julio Cortázar. Y no pudo encontrar el cuento.

Diez años pasan, nuevamente. En Barcelona una amiga le pide que escriba el prólogo para una colección de cuentos de… GEORGES SIMENON. García Márquez presiente que, al fin, encontrará lo que tanto buscó. Así es. Cuando menciona el cuento, la amiga le dice que es parte de la colección. Le promete que se lo entregará esa misma noche.

En un restaurante de Barcelona, a las 9PM. El mozo espera el pedido, pero en ese preciso momento entra la amiga de Gabo con el cuento. Se lo entrega. Y ahí mismo, ante las miradas sorprendidas y algo ofuscadas de su amiga y el mozo, Gabriel García Márquez devora el cuento. Lee como si fueran palabras mágicas que salvarán al mundo de la ignominia. Sí, ese era el mismo cuento. Pero no era igual. No era así como lo recordaba. En primer lugar estaba escrito desde el punto de vista de los perseguidores. No existía angustia descripta en el cuento. En segundo lugar, no estaba resuelto el enigma policial con la simplicidad que recordaba, sino con un sacrificio de amor que le recordó a los culebrones latinos. Escribe al respecto Gabo:

Una evidencia más de cómo puede la vida cambiar la esencia de un cuento y cambiarnos a nosotros el modo de amar, sólo para delatar y corregir las frivolidades compasivas de la memoria. Aunque sólo hubiera sido por eso, valía la pena haber perdido un cuento por casi medio siglo.

Y así es. En aquella noche de Barcelona no llovía, no sentía la soledad, ni el amor ajeno del otro lado de la pared, no tenía los bolsillos vacíos y el estómago haciendo ruido. Otro Gabriel había leído lo que su mente y su corazón le dictaron. No Simenon.

Parte de la materia con la que están hechos los mejores cuentos, es el lector. Y su circunstancia. De vocaciones y oficios. De noche, lluvia y sentimientos. De perseguidos y perseguidores. Escrituras y reescrituras. De sol, vino y amistad. De todo eso parecería estar hecho un escritor.

No se rompan la cabeza. El cuento perfecto sólo existe en su búsqueda. El mejor escritor sólo se hace escribiendo. Única forma de obtener oficio. La vocación, bueno. Alguna noche de lluvia la encontrarán, golpeando a la ventana o entre los gemidos de amores ajenos y propios. En forma personal, le llamo escrivivir. Es una pasión como cualquier otra, aunque con muchas aristas. Se aprende, como los recursos y las herramientas necesarias para apuntalar dicho ímpetu. No desesperen, todo llega.

“no sabía que la primavera

dura un segundo, yo quería

escribir la canción más

hermosa del mundo…”

Joaquín Sabina

©Jorge Milone

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