CALAMARES EN SU TINTA

No sé si fue el rock, pesado omnipotente, o el mal whisky y los buenos amigos. Quizás fue la pena, apenas divisada entre la película roja de las pupilas. Puede ser que el dolor fuera el lugar común, en ese Infierno travestido de Paraíso. También puedo decir, sin sonrojarme, que hacía semanas que no estaba con una mujer. Es posible, y poco probable, que tenga algo que ver mi voz. Sonaba fuerte entre todas las voces. Desgañitando Paloma, el tema de Calamaro. Lo cierto es que mezclamos nuestros alientos de alcohol y tabaco. Intercambiamos saliva y nuestras lenguas se reconocieron entre tanto sabor amargo. Me supo dulce en ese instante. Claro, no hay que fiarse de una memoria casi ahogada en Criadores.
Caminamos abrazados, cada uno a su petaca, por Avenida Rivadavia. Ni Javier Martínez hubiera soñado un escenario igual. Había caído una lluvia de verano, de esas que te empapan al mismo tiempo que el calor te seca. La luna se reflejaba en los charcos de Liniers. También los semáforos. Y reíamos de eso y de aquello como si fuera la broma del siglo. Lloramos de risa en la puerta de la pensión, cuando le pedí que no hiciera ruido. Subimos las escaleras cantando.


Mi vida fuimos a volar
con un solo paracaídas
uno solo va a quedar
volando a la deriva
vivir así no es vivir
esperando y esperando
porque vivir es jugar
y yo quiero seguir jugando


Ya instalados en la habitación, a oscuras, escuchamos como alguien chistaba, alguien tosía. Y nosotros cantamos.


no te preocupes Paloma
no hay pájaros en el nido
dos ilusiones se irán a volar
pero otras dos han venido


Se escuchó una risa y una puerta que se cerraba. Dejé la puerta persiana abierta con la cortina baja. Del patio venía aroma a jazmines. Adentro, aunque todavía estábamos vestidos, había olor a sexo. La luna se dibujaba en la cortina roja y nos bañaba con una luz sanguinolenta. Nos desnudamos riéndonos de nuestras imperfecciones, de la noche borracha y caliente. Caímos en la cama enredados en nuestras ropas. En algún momento dejamos de reír.
Se llamaba Silvia y juro que brillaba. La transpiración la luna la braza roja del cigarrillo iluminando sus labios el volver a empezar cuando el amanecer celebrado por cantos de pájaros. Nos levantamos cuando la siesta era obligatoria. Un día húmedo y caliente.
Nos despedimos con un beso extraño. De esos que saben a flor que se marchita y al fracaso de algo que nunca comenzó.
Nos volvimos a desnudar en un hotel, donde las quemaduras en el hule de la cama demostraban el abuso de usuarios del amor por horas. Fumaba marihuana mientras me contaba su historia. De su pueblo en Corrientes, donde comer era parte importante de los sueños. De padres golpeadores y tíos violadores. De lugares comunes y frases hechas trizas entre sábanas sucias y camioneros suicidas. De un embarazo no deseado y una hija muy querida. El humo picante se enredaba en sus palabras. Y nos reímos de la mala suerte y la buena vida que estaba tan lejana.


Vivir así no es vivir
esperando y esperando
porque vivir es jugar
y yo quiero seguir jugando

Salimos a la calle abrazados y aun riendo. La acompañé a su trabajo de mesera que, me contó, estaba por dejar para ser vendedora en una zapatería de Ricky Sarcany. Recuerdo que asentí como si realmente le creyera. En esa época, para mí, Liniers era Macondo y ella era parte de los conejos que habitaban la galera de la noche.


Quiero vivir a veces
para poder olvidarte
quiero llevarte conmigo
y no voy a ninguna parte


La vida continuó derramando miel y latigazos sobre mí. El tiempo me llevaba de aquí para allá como a un corcho en la corriente. Un día dejó de ir a trabajar, al bar donde siempre la encontraba. Nadie sabía decirme más de lo que ya conocía. Igual la busqué. En los lugares donde sabía, de antemano, que no la iba a encontrar. Recorrí bares y galerías. Conocí casi todos los locales de zapatos de la zona. Pasaron los años, como pasan los árboles a través de un tren que va demasiado apurado para mi gusto.


Si me olvido de vivir
colgado de sentimientos
voy a vivir para repetir otra vez
este momento

Una tarde estaba en un bar, aquel bar, rodeado de amigos y abrazado a otra sirena de cantos venenosos; cuando alguien contó que acababa de fallecer la chica que fue mesera y que, decía, iba a trabajar de vendedora de zapatos. Varias preguntas después supe su dirección. Llegué cuando ya estaba una ambulancia en la puerta. Una casita humilde en Ciudadela. Nadie se fijó en mí, dos tipos la levantaban con la sábana y la depositaban en un cajón, demasiado parecido a un cajón de frutas y verduras. Estaba tan consumida que su peso era mínimo. Escuché palabras sueltas, destrozadas por un sonido más intenso y duro, los martillazos para cerrar el cajón. Hablaban de un sauna, de una neumonía, de la pobre hijita que quedaba sola. Y el martillo golpeó en mi alma aplastando recuerdos y ecos de risas que espantaban a la muerte. Por lo menos eso es lo que creía en aquel entonces.


No te preocupes Paloma
no hay pájaros en el nido
dos ilusiones se irán a volar
pero otras dos han venido

Salí y me senté en una pared destartalada. A través de un vidrio empañado vi a una nena con unos ojazos que jamás voy a olvidar. Y corrí. Corrí por calles que no conocía, alejándome del pasado, de las risas y los martillazos.
Todavía estoy corriendo.

©Jorge Milone

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