LA SAGRADA SIESTA

Le decían Chinita, aunque nunca supe el por qué. No tenía los ojos achinados, era baja, regordeta y la tía más simpática que he conocido.

Era viuda y vuelta a juntarse con otro hombre, mayor que ella. Tenía dos hijos a los que criaba con alegría y rectitud. Mis primos eran ejemplos a seguir, en casi todo. Sobre todo mi primo Fernando, mayor que yo en cuatro o cinco años. Gracias a él conocí a Bob Dylan y a The Beatles, pero yo me tomaba en serio eso del rock. Y para él sólo se trataba de saber bailarlo y levantarse minitas.

Vivían con mis abuelos maternos, en una casona de las afueras de la ciudad. A veces íbamos los viernes a la tardecita o sábados por la mañana y nos quedábamos hasta el domingo a la noche.

Los veranos eran mis preferidos, por varias razones. Tenían un tanque australiano, no muy grande y disfrutábamos jugando a la pelota en el agua. Y me encantaba ver a mi tía y mi prima en malla. Ya estaba en la edad en la cual, la sola vista de algo de carne femenina despertaba fuegos artificiales en mi sangre. Me masturbaba regularmente, hasta que aprendí a hacerlo y pasé de regular a bueno.

Además el buen tiempo ayudaba para que se haga casi todo al aire libre. La mesa larga bajo la parra. El mate bajo la higuera. A los más chicos nos dejaban quedarnos despiertos, hasta un poco más tarde.

Eso sí, la siesta era obligatoria.

La vieja casona, según historias de la familia, alguna vez supo ser un hotel, tenía muchas habitaciones. Me gustaba caminarla solo y perderme en cada recoveco, hasta en el inmenso sótano, que había sido una cava de vinos muy completa.

Solía escaparme de mi habitación en la hora de la siesta. La casa estaba en silencio, las cortinas corridas, apenas dejaban pasar la luz. Las chicharras y algún que otro perro enojado, eran los únicos sonidos que me acompañaban. Me gustaba mucho la biblioteca, allí descubrí Memorias de una princesa rusa, Historia de O y otros libros que me excitaban, no sólo la imaginación.

Me inventaba aventuras entre las grandes columnas y las escaleras hasta el desván. Me imaginaba siendo un caballero, siguiendo los dibujos de las alfombras, luchando contra fantasmas, dragones y malvados, para salvar a una princesa prisionera en ese castillo. El papel de princesa se lo reservaba a Antonia.

Su piel era marrón, pero tenía unos ojos azules que resplandecían. De cuerpo perfecto y no siempre estaba vestida. Algunas veces me acostaba sobre ella y me masturbaba desaforado. Antonia era un maniquí que en otras épocas, estando bien de la vista, mi abuela utilizaba para coser vestidos. El desván era eso: un cuarto de costura, al que nadie subía demasiado.

Una tarde de esas que aprovechaba a deambular por las escaleras, me asomé al desván y estaban mi tía Chinita y su nuevo marido. Mi primera impresión fue que le estaba cortando con los dientes, algún hilo después de arreglarle la bragueta. Enseguida noté que no era un hilo lo que tenía en la boca. Desde donde estaba no podían verme, me quedé observando. El corazón me latía con fuerza inusitada. Ahí pasaba algo que no entendía, pero que me provocó una erección. Después ella se levantó la pollera y se recostó de espaldas en un baúl. Fue demasiado para mí. Volví a mi habitación con los pantalones manchados. Y una mezcla de sentimientos muy extraños.

No sé por cuánto tiempo, pero creo que fue mucho. Viví obsesionado por esas imágenes, por el sonido de sus respiraciones. Comencé a acercarme a las mujeres de otra manera. Con otras ideas que, para aquella época, eran inaceptables. Mucho más a esa edad. Para colmo sólo me atraían las mayores.

El tiempo fue desacomodando la cuasi perfección de aquella vida, que hoy me parece un espejismo. Fallecieron mis abuelos maternos, mi tía Chinita se separó de su segundo marido, mis primos crecieron y volaron del nido. Ella se quedó sola en la casona.

La visitábamos muy seguido. Mi madre que era su hermana decía que estaba muy triste. En ese entonces mi tía siempre estaba con un vaso en la mano, según la recuerdo hoy. Cuando no era vino, era wiski. Un sábado de verano que fuimos a quedarnos con ella, me sorprendió. La encontramos a la orilla del tanque, tomando sol, con una diminuta bikini y un descomunal vaso de vino. Y sólo eran las diez de la mañana.

En el almuerzo continuó tomando y no dejaba de parlotear acerca de tiempos pasados. A la tarde ya casi no se le entendía lo que hablaba.

Mis padres, como siempre, se acomodaron en la habitación de la planta baja, ala izquierda de la casa. Les gustaba porque las ventanas daban al pleno campo.A mí me hicieron acostar en la habitación contigua, también la de costumbre. A Chinita la llevó mi padre, casi a rastras a su cuarto del primer piso del ala derecha. Apenas escuché los ronquidos de mis padres en su pieza, comencé mi recorrido por corredores y habitaciones, pero como un imán me atraía el primer piso.

Subí las escaleras con mucho cuidado, con el paso del tiempo, algunos escalones crujían doloridos. A lo lejos se escuchaban truenos, una tormenta estaba cerca. Llegué a la puerta de la habitación de mi tía, espié por la mirilla. La podía entrever sobre la cama, la pequeña bikini estampada, sus pechos que se movían al ritmo de la respiración, casi ronquidos.

Muy despacio abrí la puerta, pensaba que si se despertaba le diría que me mandaron a cerrar las persianas, por la tormenta. Me acerqué a la cama, podía observarla en todo su esplendor. Tenía una pierna flexionada y la otra estirada. Hasta pude notar que no tenía vello púbico. El viento agitaba las cortinas. Los truenos se sentían más cercanos. Tenía un brazo fuera de la cama, con cuidado le rocé la piel. No se alteró su respiración, sus ronquidos. Con dos dedos le corrí el corpiño del bikini, lo que quedó ante mi vista casi me hace trastabillar. Un pezón grande, largo, oscuro. Apenas lo rocé con mis dedos, tampoco alteró la respiración. Le apoyé toda la mano sobre el pecho, fue glorioso. Y me envalentoné. Pasé mi mano por su estómago hasta llegar al triángulo de la bikini. Esta vez con toda la mano, le corrí la tela estampada y dejé al descubierto algo que desconocía y me desvelaba. Acaricié muy despacito y volvió a suspirar. Por eso era que se mataban los hombres, de ahí salían los bebés, desde allí venían esos gemidos que escuché en el desván aquella tarde. Un trueno mayor que los anteriores estalló sobre la casa y comenzó a diluviar. Me alejé de la cama y cerré la persiana. Cuando me volví, no podía creer lo que veía. De alguna manera se había quitado la parte de abajo de la bikini y estaba en posición casi fetal, con las nalgas un poco fuera de la cama. La pequeña tela estampada estaba enredada en uno de sus pies.

Me arrimé otra vez, me agaché junto a la cama y admiré sus nalgas. Las acaricié y ella lanzó un suspiro de placer. Ya casi no podía contenerme, la erección lastimaba en mis pantaloncitos de baño, me los quité. Me acomodé para arrimarle mi miembro entre las nalgas. Y empujé. Supongo que deben haber sido, después de penetrarla, tres o cuatro empujones, más no aguanté. Era mi primera vez y fue mágico. Todavía seguía erecto y le estaba pasando el miembro entre las nalgas, como limpiándolo quizás. Cuando sentí su mano, me lo agarró lo acarició y se lo empujó por atrás, esta vez por el otro agujero. Esta vez deben haber sido seis o siete sacudidas, hasta que detoné de nuevo. Mientras me limpiaba con mi pantalón de baño, ella continuó roncando.

Volví a mi habitación, me di una ducha y lavé el pantalón. La tormenta de verano ya había pasado, sólo quedaba el olor a tierra mojada y mucho calor. Todavía sentía en el aire cierto tufillo a queso rancio y tabaco, que no sé de dónde venía, aunque parecía ser de mis manos.

El tiempo volvió a descascarar lo que quedaba de aquellos días. Falleció mi madre, mi padre vendió nuestra casa y nos fuimos a vivir con la tía Chinita, que ya no era tan china, ni tan chica. A mí me convenía, porque estudiaba Agronomía en la misma zona de la vieja casa de mis abuelos.

Hicimos la mudanza un sábado. Teníamos muchos muebles, pero se acomodaron bien en la casona. Hasta el piano de mi madre parecía hecho para estar allí, aunque nadie jamás volvería a hacerlo sonar.

Almorzamos algo rápido y terminamos de acomodar. Yo me alisté para aprovechar la siesta para estudiar. Para mi sorpresa, mi padre me pidió que vaya a la biblioteca que mi tía y él tenían que hablar conmigo. Entré con miedo, ya se sabe que los espectros del pasado nunca se van del todo. Estaban los dos sentados en el sofá con vasos de wiski en las manos, me hicieron sentar en un sillón frente a ellos. Por primera vez mi padre me ofreció un vaso de alcohol, acepté porque lo necesitaba, estaba transpirando.

Después de preguntas triviales sobre los estudios, sobre la vida en general. Mi tía le pidió a mi padre que vaya al grano. Así que me dijo que a partir de ahora, iban a compartir la habitación del primer piso. Así que yo podía utilizar la que, antes, fue de mis padres. La de planta baja.

Al principio sonreí como un estúpido y pensé en la comodidad de una habitación más grande. Enseguida me di cuenta de las implicaciones y me atraganté con wiski. Mi viejo me vino a palmear la espalda y le quité la mano. Estaba entre enojado y sorprendido.

Me explicaron que se habían enamorado y no era de ahora. Que siendo ya mayorcito tenía que entender que esas cosas pasan. Quise saber hacía cuánto tiempo que pasaba. Mi tía fue muy precisa, siempre fue muy directa, me preguntó si me acordaba de aquella tormenta cuando yo tenía más o menos trece o catorce años. Creo que me puse lívido y contesté que sí. Me dijo que aquella vez mi padre le hizo el amor tan suavemente que supo que lo amaba, desde mucho antes. Y que ya no estaban bien con mi madre. Que siguieron la farsa de ser sólo cuñados para cubrir las apariencias.

Cuando nos fuimos a los cuartos a dormir la siesta, volví a la biblioteca. Tomé la botella y le di un trago del pico. Estaba por la mitad.

Subí las escaleras con la botella en una mano. No sabía lo que iba a hacer.

Se lo juro.

No fue premeditado. Entré en la habitación y los vi, dos viejos desnudos acariciándose. Creo que el primer botellazo se lo di a él, recuerdo sí: la sangre que me saltó en la cara y en la cabecera de la cama, después todo fue muy rojo para que me acuerde. Supongo que Chinita llegó a gritar, pero nada más, sus cráneos abiertos, la almohada entre negra y roja. Lo único que me acuerdo con detalle es la sangre saltando y manchándome con cada golpe.

Por eso cuando me encontraron, dormido en mi cuarto, medio borracho, estaba tan empapado de rojo, señor Comisario.

Lo que pasa es que aquí la siesta es obligatoria.

Jorge Milone

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