CACHIVACHE

Siempre creí que todos los funerales se relacionaban con días nublados o lluviosos. El de mi padre fue bajo un sol que quemaba. Cuarenta grados a la sombra. Así es que, cuando llegué a su casa, lo primero que hice fue quitarme el traje y quedarme con unos pantaloncitos cortos y sin remera. Comencé por el “tiradero”. Galpón techado, bajo el cual papá juntaba cosas.

Todo tipo de cosas.

Me puse unos guantes gruesos, tomé una pala, bolsas de consorcio, puse música. Nada más motivador que los antiguos discos de él. Creedence Clearwater Revival, muy viejito aunque efectivo. De manera inicial, quité las lonas que cubrían tantos y tantos trastos. El polvo que se levantó me hizo toser. En medio de la neblina se encontraban desde esqueletos de bicicletas, hasta un sillón de dentista. Eso me pareció, en ese instante. Cuando el sol comenzó a filtrarse en la densa nube, noté que algunas de las partes del sillón: brillaban.

Costó bastante llegar hasta ese cachivache inservible. Fui haciéndome lugar entre herramientas herrumbradas y cacharros sin sentido. Tuve que ponerme un pañuelo, tapándome la boca y la nariz. Aun así el olor a moho y podredumbre era insoportable. Casi piso una rata muerta e hinchada. Por fin, llegué al sillón. Ahora el sol le daba de lleno. Parecía haber sido limpiado y pulido hacía unos minutos. Era raro. Muy raro.

Se notaba que, originariamente, había sido un sillón de dentista. Claro que tenía muchas adaptaciones, quién sabe para qué.

Ostentaba un tablero con botones de colores, un reloj enorme y unido por cables un casco. Sin pensarlo me senté en el sillón. Había que reconocerle al viejo la comodidad, ante todo. Ya tenía cierta idea de lo que podía ser. Una máquina del tiempo. Nada más, ni nada menos.

El reloj tenía fechas, además de los números usuales. Años para ser más específico. No lo dudé y me puse el casco. Ajusté a cualquier fecha, anterior a la muerte de mi padre. De hecho, anterior al deceso de mi madre. Toqué los botones al azar, supuse que el más grande de llamativo color rojo, sería el del inicio…

Siempre supuse que los días nublados o la lluvia, eran los más precisos para los funerales. El día de la muerte de mi hijo, el calor era de cuarenta grados a la sombra. El sol quemaba la tierra. El asfalto parecía derretirse.

Cuando abrí la puerta de su departamento, casi vomito por el terrible hedor. Una mezcla de saturación y descomposición. Las luces no encendían. Abrí las ventanas, el espectáculo que se presentó ante mi vista era parecido a una escena de guerra. Todo estaba roto y derrumbado sobre el piso. Pude ver una rata muerta sobre el coqueto piso. Vomité, fui al baño buscando agua, no sólo para limpiar el desastre, sino para enjuagarme la boca. Y lloré, volví a llorar. Esta vez con toda la bronca, la impotencia. Ningún padre debería tener que enterrar a su hijo. Descargué mi ira contra todos los seres humanos y contra Dios. Fui al baño y cuando abrí la puerta quedé congelado: no había nada más que un sillón de dentista. Adaptado quién sabe para qué.

©Jorge Milone

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