DILUVIO CURIAL

Los truenos estruendosos, bombas que sacuden el departamento. Los vidrios vibran, mucho más que con los coches que pasan aturdiendo con el maldito reggaetón. Me levanté para asegurar las ventanas, la tormenta ya parecía estar encima de nosotros. Por supuesto que mi pie no pudo evitar la mesita ratona. Por supuesto que mis puteadas no se escucharon por los truenos. Un rayo iluminó el living y el padre de todos los truenos explotó de pronto.

Comenzó a llover.

Aunque podía ver por la ventana que no era una lluvia común. Quedé petrificado. Del cielo caían curas. No, no estoy loco. Lo que narro es lo que vi. Lo que todos vieron. Lo que todos pasamos.

Del cielo caían curas. Y todo lo que se pareciera a ellos.

Párrocos, monaguillos, diáconos, arzobispos, monjas, rabinos, ortodoxos, anglicanos, protestantes, brahmanes, monjes budistas, hasta pastores que caían aun pidiendo el diezmo. Hermanados todos en el mismo caer. Como gotas inmensas de un mal jabón, que al golpear contra algo sólido hacían un feo sonido: PLOP y desaparecían.

La gente salía para ver el fenómeno, pero se asustaban algunos y otros se avergonzaban de ser los causantes de las desapariciones, al primer roce con alguno de ellos PLOP y no quedaba nada de la santa gota.

PLOP PLOP

La curiosidad siempre puede más. La estupidez también. Algunos salían con paraguas, muchos con palanganas y baldes para intentar salvar o juntar lo que les parecía una bendición, o algo parecido.

Pero era inútil. PLOP y desparecían sin dejar ni una sola molécula, ni un solo vestigio de haber existido.

Una monja, impulsada por una ligera brisa, chocó contra mi ventana. Llegué a verle una gran sonrisa de dientes podridos, hizo PLOP y nada quedó de lo que vi.

Comenzaron a aparecer peregrinaciones de fieles e infieles. Ya se sabe, siempre hay una oposición a cualquier enunciado, para bien o para mal. Se instalaron puestos de ventas con toldos, bien asegurados. Choripanes, sushi, empanadas, tacos, banderas del Vaticano, de River, de Boca, de Chacarita. Vendedores de biblias, rosarios con lucecitas, cristos de plástico que arrojaban agua, medallitas con las imágenes de la Patrona de Almería reina del mar y Yemayá. Vendedores de piel oscura con relojes, anillos y pulseras. Vendedores de Bolivia con sus fragantes especies. Vendedores de Paraguay ofreciendo chipá caliente. Vendedores argentinos brindando seguros de vida.

PLOP PLOP

La lluvia continuaba sin interrupción. Las cámaras de televisión se regocijaban en primeros planos de HD última resolución, incluso en cámara lenta para llevar a cada hogar la noticia del momento. A todo color y sin interrupciones. Los rating subían por las nubes, y desde allí caía la noticia.

Se armaron tinglados cubiertos donde los políticos aprovecharon para hacer campañas apresuradas, dando explicaciones de la nada misma. Acusándose mutuamente del desastre y, en algún caso, atribuyéndoselo como para demostrar que el Apocalipsis era necesario. Había que limpiar de algún modo el desbarajuste social y económico causado por el otro, siempre el otro.

Salieron grupos piqueteros a cortar calles, con los rostros tapados y armados de palos con consignas tales como: BASTA DE PLOP, QUEREMOS PLAP…

Se hicieron acampes de agrupaciones tales como BARRIOS SIN CLOACAS CONTRA EL SERVICIO METEOROLÓGICO y delicias por el estilo.

Un camión de una fábrica de paraguas, en señal de protesta, comenzó a entregar gratis unos diez paraguas a una multitud enardecida de diez mil personas, mientras el PLOP continuaba sin solución.

Ya cerca de la madrugada se armó en tiempo record, un tinglado gigantesco y se anunció la inesperada llegada del Papa. Este apareció en un tanque de guerra pintado de blanco y amarillo, para darle el consabido toque papal. Un ejército de fanáticos y guardaespaldas se desplegó rodeando el tinglado. Los fieles lloraban de emoción, los infieles puteaban de pasión, los locutores se pateaban los cables de nervios y apresuramiento. Los políticos aullaban por una selfie. Las vedetongas se desvivían por salir en algún noticiero diciendo que habían sido novias de algún futbolista famoso, pero el PLOP PLOP tapaba todos los sucesos mediáticos.

El Papa se instaló frente al micrófono. Le dio un golpecito para probarlo, con su anillo de platino y oro, el sonido rebotó entre la multitud y los llamó a silencio, sólo se escuchaba el PLOP PLOP.

Repentinamente el viento, que ya había comenzado a soplar de forma continuada. Hacía que los curas que caían chocaran en el aire y desaparecieran antes de llegar al suelo. El Papa miró hacia arriba con los azules ojos acuosos. Carraspeó… Y el viento se convirtió en un vendaval. Un torbellino que levantó puestos, tinglados, carpas, paraguas, personas. Un remolino impresionante, un verdadero tornado que se llevó a todos hacia la nada misma. En segundos, quizás unos pocos minutos, nada quedó del dantesco espectáculo. Ni el Papa, claro.

— Jorge, mi amor. Por qué te levantaste.

Susana, mi esposa. Me mira asustada desde la puerta de la habitación.

—Nada, amore. Gracias a Dios, ya no llueve.

©Jorge Milone

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